Aunque la política es un asunto serio, también tiene mucho de espectacular. De lo contrario generaría muy poco interés. Además sus grandes figuras requieren del apoyo popular para alcanzar y mantenerse en el poder, y eso no se alcanza con discusiones técnicas que casi nadie entiende.
Como parte de la escena política, el Congreso de la Unión no se escapa de esta dinámica. Por ejemplo se puede comparar a las sesiones del Pleno, que es la actividad más visible, con la lucha libre: los diputados o senadores se recriminan entre sí a través de “alusiones personales”, se toman las tribunas o incluso se le puede poner en aprietos a algún funcionario que comparezca a través de interpelaciones dramáticas y demás recursos histriónicos.
No obstante, y más allá del espectáculo, todas las votaciones ya fueron previamente pactadas antes de iniciar las sesiones. Es decir, los temas ya fueron negociados en las comisiones, reuniones en corto entre legisladores y otros actores políticos y sociales y en la línea que seguirán los grupos parlamentarios.
Sin embargo hay un momento en las sesiones que está reservada a los “rudos” de las bancadas: cuando se tratan asuntos generales. En ese momento los legisladores que no tienen algo qué presentar o acusación de la cual defenderse buscan escabullirse del salón de sesiones pues, afirman, “ya inició la hora del aficionado”. A partir de ese momento se tratan temas de coyuntura política que no tienen relación con las atribuciones del Congreso. Si se vota algo, será un acuerdo declarativo sobre algún suceso sin carácter vinculante.
Antes de que se imaginen a nuestros más reconocidos parlamentarios con disfraces, máscaras y nombres extravagantes, cabe decir que la “hora del aficionado” tiene una función: liberar tensiones entre la clase política y ante la sociedad, a través de ventilar asuntos públicos que serán reproducidos en los medios. Un acuerdo, aunque servirá de poco en la práctica, es un posicionamiento político que puede impulsar otras acciones fuera del Congreso.
Sin embargo, ¿necesitamos cuatro meses de “la hora del aficionado” sin que el Congreso pueda discutir temas de importancia al encontrarse en receso? ¿Qué se puede hacer al respecto?
Del 1º de mayo al 31 de agosto el Congreso de la Unión entró en receso, y en su lugar se reúne la Comisión Permanente. Según el artículo 78 de la Constitución Política está conformada por 37 miembros, 19 diputados y 18 senadores. Sus atribuciones son escasas y, salvo la aprobación de algunos nombramientos que le presenta el Ejecutivo, son meramente de trámite.
¿Por qué tenemos una Comisión Permanente? En el siglo XIX el país contaba con una infraestructura de comunicaciones deficiente, y un viaje a la Ciudad de México podía llegar a tomar semanas. Por ello el Congreso no podía sesionar todo el año y se necesitaba de un órgano que pudiera cumplir con algunas funciones básicas.
Lo mismo sucedió en todos los países que tenían órganos legislativos desde el esos años o incluso siglos atrás. Empero, a lo largo del siglo XX ampliaron gradualmente sus periodos de sesiones, al mejorar las comunicaciones y adquirir tal complejidad los asuntos públicos que se necesitó de un legislador de tiempo completo. Hoy día en la mayoría sesionan todo el año, con un breve receso vacacional en el verano.
Si un órgano legislativo trabaja de tiempo completo, ¿por qué el nuestro sesiona siete meses? La respuesta: porque durante setenta años nos gobernó un partido hegemónico para el cual el Congreso se limitaba a dar legitimidad a los actos del gobierno. Por eso cuanto menos se reunía, mejor.
La redacción original de la Constitución de 1917 estableció un periodo ordinario: del primero de septiembre, sin prolongarse más allá del 31 de diciembre. En 1986, como resultado de la idea de fortalecer y beneficiar la actividad parlamentaria, se estableció un doble periodo de sesiones: del 1º de noviembre al 31 de diciembre, y del 15 de abril al 15 de julio. En 1993 se reformó otra vez la ley fundamental, con lo que el Congreso sesionaría ordinariamente del 1 de septiembre al 15 de diciembre, y del 15 de marzo al 30 de abril. Por último, en 2004 se amplió el segundo periodo de sesiones del 15 de marzo al 1º de febrero.
¿Trabaja mejor un Congreso que sesiona todo el año? No necesariamente. Sin embargo, sólo cuando están los legisladores en la Ciudad de México pueden sesionar las comisiones legislativas y realizarse un cabildeo eficaz con el gobierno y los grupos de interés. Además, la existencia de dos periodos de sesiones sólo ocasiona que se concentren las votaciones en los últimos días. En cambio, un trabajo permanente permitiría programar mejor los trabajos. Incluso un receso de verano haría que los procesos electorales, tanto federal como locales, no afecten las negociaciones políticas.
Por si fuera poco, los legisladores necesitan vacaciones. Y nosotros de sus ocurrencias. ¿No cree usted?
Licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y Maestro en Estudios Legislativos en la Universidad de Hull, Reino Unido. Fue Secretario Técnico de la Comisión de Participación Ciudadana de la LVI Legislatura de la Cámara de Diputados (1994-1997). Durante los trabajos de la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado, fue Secretario Técnico de la Mesa IV: “Régimen de gobierno y organización de los poderes públicos” (2000). En la administración pública federal, fue Director de Estudios Legislativos de la Secretaría de Gobernación (2002-2005). Ha impartido cátedra, seminarios y módulos en diversas instituciones académicas nacionales. Es Coordinador Académico del Diplomado en Planeación y Operación Legislativa del ITAM. Es coordinador y coautor de El legislador a examen. El debate sobre la reelección legislativa en México (Fondo de Cultura Económica, 2003). En este momento, se encuentra realizando una investigación sobre las prerrogativas parlamentarias. Escribe artículos sobre política en diversos periódicos y revistas. Página electrónica: www.fernandodworak.com. Contacto: fernando@fernandodworak.com
