
Otro de los temas que la discusión de la Suprema Corte de Justicia sobre matrimonio universal en el D.F. puso sobre la mesa, es el de la estereotipación de sexo y género. Un estereotipo, dicen Rebecca Cook y Simone Cusak, puede ser entendido como la visión generalizada o la preconcepción de atributos o características poseídas por los miembros de un grupo determinado, o los roles que realizan o deben realizar estas personas, por ejemplo las mujeres o los homosexuales. Sin tomar en cuenta las personalidades individuales, las capacidades o las cualidades, aquéllos percibidos como miembros de esos grupos, son considerados como que poseen las características típicas de ese grupo. ¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo, que todos encajamos en moldes a las personas, “las mujeres son seres sentimentales y más débiles que los hombres”, “los gays no son normales y todos tienen pluma y les gusta ir en tanga por las calles”, “los alemanes sólo comen salchichas y toman cerveza”, “los españoles son baturros”, “los mexicanos traemos sombrero y dormimos recargados en nopales gigantes”. También hay el estereotipo del comunista, del de derechas, del católico, del musulmán, el estereotipo del abogado, del médico, del indígena, del japonés, del que tiene promedio de diez, del huérfano, del recién divorciado, de la viuda, del que maneja un transporte público, del burócrata de la tesorería, de la cajera del banco. En fin, hay estereotipos para todo y todos los usamos. El que los usemos no es en sí malo, el problema viene cuando los usamos para discriminar. La discriminación no siempre viene por parte del Estado, sino también se da entre particulares. En México este es un problema endémico. La estratificación de la sociedad en México es verdaderamente alarmante, resalta –y asusta- sobre todo cuando se mira como espectador. El hecho de que a las personas que prestan un servicio se les trate como si tuvieran menor calidad humana es un acto de discriminación abominable que no debería existir. Meseros y meseras, choferes, cajeros y cajeras, empleados en supermercados y otras tiendas, las trabajadoras del hogar y las personas que se ocupan de la limpieza en sitios públicos, en fin. Si eres mexicano sabes muy bien de qué hablo. Esto me apena, pero no es el tema que quiero tratar aquí.
El miércoles pasado el CIDE inauguró las Jornadas de Derecho a la Salud 2010 en donde se presentó la Co-directora del Programa Internacional de Derecho de la Salud Sexual y Reproductiva de la Facultad de Derecho de la Universidad de Toronto (Canadá), Rebecca Cook. En su intervención habló sobre los efectos negativos de la estereotipación por identidad de género en el sistema de salud.
Después de escucharla recordé un comentario que a propósito de la decisión de la Corte me hizo una persona: “El principal rol de la mujer es el de la maternidad y si quiere seguir una carrera, [que] no se case y no tenga hijos.” El comentario venía a colación porque la decisión de la Corte, al validar el matrimonio universal, rompe con la estereotipación de la esposa y el esposo, pues ya no hay una mujer que tenga que cumplir con el rol de madre y ama de casa y un hombre que cumpla con el rol de proveedor, hay ahora dos individuos, sean dos hombres, dos mujeres o un hombre y una mujer, que pueden desempeñar los roles que mejor les parezcan; y, como los hijos no vienen necesariamente del cuerpo de uno de los cónyuges, inclusive el rol materno cambia, entendido éste como la persona encargada de cuidar de forma tradicional e íntima al hijo, pues no tiene que ser la madre biológica, inclusive no tiene que ser mujer. Esto para algunos significa el fin de la familia tradicional, la “muerte” del concepto de mamá que nos venden en la TV cada 10 de mayo; pero en realidad se trata de la reconceptualización del individuo como alguien autónomo, capaz de definirse y de definir su rol familiar con su pareja. El hecho de que dos personas puedan realizar su plan de vida en familia sin obstáculos por parte del Estado es el ideal de que cualquier liberal, sea heterosexual, o pertenezca a la comunidad LGBTI. El vértice es la dignidad y de ahí parte nuestro derecho a realizarnos como individuos, en pareja y en familia.
Me interesa rescatar algunas consideraciones de la conferencia de Cook para ir más allá en este punto: “los estereotipos son un detrimento a la identidad individual y social y ello impacta en su comportamiento pues obstaculiza que se tomen en cuenta los caracteres y roles personales.” Esta idea conecta directamente con lo que vengo diciendo, el rol de la mujer casada como esposa y madre lastima la idea de individuo de esa mujer y la obstaculiza para poder realizar otros caracteres o roles que tenga deseo de realizar, el ejemplo más común es la madre que desea seguir trabajando aún con hijos pequeños, el rol que “debería” desempeñar impacta con el rol que ella “quiere” desempeñar, la sociedad la juzga y la hace sentir culpable. Ahora, sigue Cook, no todos los estereotipos son malos, pues hay estereotipos descriptivos que únicamente dibujan como es o debe ser una persona de determinado grupo, se asignan diferencias para poder saber quién es el otro. El problema está en los estereotipos prescriptivos y en los estereotipos hostiles, pues pretenden establecer cómo debe comportarse y qué rol debe cumplir la persona que pertenece a este grupo, ya sea a través de normas (jurídicas, morales y/o sociales) y a través del rechazo u hostilidad si no se cumplen. Aquí vuelvo al ejemplo de esa “esposa-madre” que no cumple con el rol que se espera de ella, es rechazada por la comunidad y juzgada como mala madre, mala esposa, porque prefiere seguir con su carrera. Esta hostilidad obliga muchas veces a las mujeres a tomar decisiones en contra de sus preferencias, pues el mundo en el que ella se mueve, laboral, social, familiar, público, hay una precomprensión de los roles que una mujer casada y con hijos “debe” desempeñar. Ahora, dice Cook, los estereotipos pueden ser i) estereotipos de sexo: las mujeres son débiles, son menos inteligentes, son sensibles (¡gracias Miss Universo!); ii) estereotipos de género: repito el comentario que me hicieron “el principal rol de la mujer es ser madre”; y iii) estereotipos compuestos: aquí explica la mezcla de dos o más categorías, por ejemplo ser musulmana, ser lesbiana, ser mujer embarazada, ser mujer indígena, ser lesbiana negra pobre con alguna discapacidad y embarazada con VIH. En estos casos la asignación de roles suele depender de todas esas cateogrías, no es lo mismo la poca inteligencia de Paris Hilton que la poca inteligencia de la mujer migrante que limpia los baños en el restaurante. No es lo mismo que Angelina Jolie y Brad Pitt o Madonna adopten niños, a que una pareja de mujeres lesbianas adopte un hijo. No es igual Ricky Martin y sus gemelos que un homosexual mexicano con su hijo. No es lo mismo la interrupción legal del embarazo de una mujer profesionista en Guanajuato, que el de una indígena. No es lo mismo la adicción a la cocaína de una productora de televisión, que la adicción al resistol de una mujer de la calle. Y puedo seguir con los ejemplos.
La cuestión es que los estereotipos prescriptivos pretenden obligarnos a desempeñar ciertos papeles dependiendo de nuestro sexo, nuestro género y nuestras características. No se espera lo mismo de una mujer casada católica que de una mujer soltera y atea. Cuando se pretende imponer esos roles en el ámbito puramente social, el problema es menor y puede de alguna forma evitarse, aunque no deja de lastimar a las personas. Sin embargo la discriminación se agrava conforme la imposición de roles comienza a volverse normativa en los ámbitos como el familiar o laboral, cuando por ejemplo se discrimina en la escuela a la “mamá divorciada” o cuando no te dan un ascenso por ser mujer o te obligan a renunciar por estar embarazada; al ámbito público por ejemplo de servicios públicos, me refiero al acceso a la justicia o a servicios de salud; de políticas públicas, cuando se persigue como política criminal a las mujeres que abortan; y claro, el jurídico, donde se hacen diferencias o se imponen roles por la vía normativa, como se hacía por la vía de la institución matrimonial. En todos estos ámbitos se subordina a las personas a un rol, y las sanciones por su incumplimiento varían, desde el rechazo familiar o de amistades, la pérdida del trabajo, la negativa a servicios y la violación de derechos o hasta las sanciones de tipo penal, como sucede con la interrupción del embarazo.
La persona que me comentó que “el principal rol de la mujer es el de la maternidad” está en todo su derecho de consideralo así, el problema surge cuando su esposa, sus hijas y sus nietas son obligadas por todo el sistema a cumplir con ese rol. Estamos ante una estereotipación prescriptiva que discrimina a la mujer pues la obliga a desempeñar un papel que puede ser que no desee desempeñar. El Estado debe remover todos los obstáculos para la realización individual y dejar de imponer roles. Establecer por la vía jurídica qué papel se espera que una mujer desempeñe al casarse, es imponerle una carga inaceptable en un Estado Constitucional.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el caso de Ma. Eugenia Morales de Sierra v. Guatemala, se ha manifestado en “contra de la institucionalización de equilibrios en derechos y deberes de los cónyuges... [y] rechaza la subordinación de las personas a los roles impuestos por la tradición por considerarlos contrarios a los derechos de igualdad y dignidad, [pues se] priva a las personas de su autonomía para elegir y adoptar decisiones en su desarrollo y sustento personal.”
Ahora bien, la imposición de roles por parte del Estado a veces se realiza de forma positiva, esto es, por medio de medidas que pretenden aliviar la carga de mujeres en el desempeño del rol, perpetúan el estereotipo y acaban por discriminar a los hombres. Y esto es perfectamente aplicable ahora a los matrimonios entre personas del mismo sexo y las familias homoparentales. Con ellas no sólo se refuerza el rol de la mujer-madre-esposa, sino también el del hombre-esposo-proveedor. Hay varios ejemplos pero los más claros son los que tienen que ver con el rol de madres, pues en el área de derecho a la paternidad, en el sentido de derecho a estar con los hijos y educar a los hijos, los Estados constitucionales están todavía lejos. Recuerdo que me comentaron que en el Tec de Monterrey campus Ciudad de México había un excelente servicio de guarderías, sólo para las maestras. En el estado de Renania, en Alemania, existía una regulación que obligaba a los empleadores a dar a las mujeres unas horas a la semana para ocuparse de las labores del hogar. En el caso President of the Republic of South Africa and Another v Hugo, un hombre reclama la medida de liberar a mujeres que hubieren cometido crímenes no violentos y que tuviesen hijos menores de 12 años. En una decisión reciente del Tribunal Constitucional Alemán se refuerza el derecho a la custodia de los hijos a los padres solteros. También me viene a la mente, la discriminación que sufren muchos padres al no tener derecho al permiso por maternidad y quedarse en casa a cuidar de su hijo, mientras la mamá trabaja o para ayudarla en caso de tener más hijos. El caso Görgülü resuelto por la Corte Europea de Derechos Humanos para reconocer el derecho de un padre sobre el hijo que la madre dió en adopción. Y el caso que ocupa la opinión pública en México, el de la Ley del Instituto Mexicano del Seguro Social que se usará para discriminar a los matrimonios entre personas del mismo sexo, pero que si se observa, también perpetúa estas diferencias de roles entre la mujer-madre y el hombre-proveedor.
La cuestión que quiero resaltar es que hoy en día la imposición de roles por sexo y por género en su relación con el matrimonio y la pater/maternidad no sólo discrimina a las mujeres, discrimina a los hombres y discrimina a los homosexuales. Una de las grandes preocupaciones de quienes están en contra de la decisión de la Corte mexicana es precisamente esa, ¿quién va a hacer el rol de la mamá y quién el del papá?, ¿cómo va a crecer un niño sin esos dos roles? Mi respuesta es, igual que crecerán los hijos de parejas heterosexuales que se dividen los roles de acuerdo con sus intereses o una división equitativa del trabajo del hogar y de las labores como padre y madre. No necesariamente será siempre la mamá quien alimente al recién nacido, no será necesariamente el papá quien salga todos los días a trabajar, no necesariamente será la mamá quien cocine y planche la ropa, no necesariamente será el papá el que maneje el auto cuando salen a la playa. La realidad es que hoy hay hombres que quieren ser papás y participar mucho más activa y cercanamente en la crianza de sus hijos; que hoy hay mujeres que quieren trabajar y tener un oficio o profesión; y que hay personas homosexuales que quieren ser libres para tener un matrimonio en el sentido expresivo-social y de unión de la palabra, y que quieren ser libres de roles para tener y formar una familia.
Inclusive la Corte mexicana ha reconocido el derecho al libre desarrollo de la personalidad por la vía interpretativa (Amparo 6/2008) “El individuo, sea quien sea, tiene derecho a elegir, en forma libre y autónoma, su proyecto de vida, la manera en que logrará las metas y objetivos que, para él, son relevantes...[E]l derecho al libre desarrollo de la personalidad, comprende, entre otras, la libertad de contraer matrimonio o no hacerlo; de procrear hijos y cuántos, así como en qué momento de su vida, o bien, decidir no tenerlos; de escoger su apariencia personal; su profesión o actividad laboral; y, por supuesto, la libre opción sexual, pues todos estos aspectos, evidentemente, son parte de la manera en que el individuo desea proyectarse y vivir su vida y que, por tanto, sólo él puede decidir en forma autónoma.” Si se interpreta esta decisión, en conexión con el artículo 4to primer párrafo “el varón y la mujer son iguales ante la ley”, tendremos como resultado que resulta contrario a la Constitución imponer roles por sexo o por género, como pretenden ahora en el estado de Jalisco al amenazar con “blindar” el concepto de matrimonio y de familia.
Los roles son papeles que cada cual desempeña, en una sociedad igualitaria cada quien decide qué roles quiere y prefere realizar, y debe ser libre de hacerlo. En pareja y en familia, lo ideal es que se decida de igual forma. Nadie, ni la sociedad, ni el Estado y mucho menos el Estado por presión de un grupo religioso, debe ni puede imponer roles a nadie y mucho menos discriminarle por no cumplirlos. Esta es una premisa de cualquier democracia constitucional. Sean cuales fueren nuestras convicciones individuales debemos apelar por la libertad de conformar nuestra propia identidad, después de todo, de eso se han tratado las luchas de la humanidad por los derechos humanos. La dignidad y el libre desarrollo de la personalidad son las bases de una sociedad democrática, libre e igualitaria, no aguanto que alguien me diga que mi rol principal como mujer es ser madre, me hace sentir un horno para bollos. Mucho menos lo tolero por parte del Estado.
Consultora jurídica Ombudsgay-i(dh)eas. Constitucionalista y ensayista. Autora del blog: Gera´s Place. Se ha dedicado principalmente a los temas relacionados con los derechos fundamentales y la teoría de la constitución. Ha sido profesora en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, en la Universidad Anáhuac del Sur, Universidad Autónoma del Estado de México y en la Universidad Autónoma Benito Juárez. Actualmente realiza estudios de posgrado en Alemania. Twitter: @geraldinasplace. geraldinagvh@googlemail.com

