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| Demetrio Villalón |
El 3 de Diciembre del 2010 fue sin duda una fecha que mostró un nuevo rostro de nuestra crisis de (in)seguridad, que confirmaba los rumores y testimonios no oficiales sobre el modus operandi de algunas bandas del crimen organizado.
Fue una mañana en la que a todo México le dieron escalofríos. El ejército anunciaba como resultado de un Operativo en Morelos la detención de Edgar “N”, alias “El Ponchis”, en el Aeropuerto “Mariano Matamoros”. Un niño de 14 años que en ese momento aceptó haber degollado a 4 personas, y que más tarde confesaría haber iniciado su carrera delictiva dos años atrás.
Ese 3 de Diciembre debió haber sido un parte aguas para que gobiernos estatales y la federación re direccionaran sus políticas sociales. Pero no lo fue.
En su momento, el ala conservadora de este país argumentó que el caso de “El Ponchis” era prueba del desgaste que los Carteles estaban sufriendo, producto de la ofensiva lanzada por el gobierno federal, al tener que recurrir a menores de edad para engrosar sus filas al ver que sus “profesionales” estaban siendo aniquilados o encarcelados.
Aunado a la mancha de ese cáncer civil causado por la ausencia de valores, la ausencia igualmente de interés por los temas públicos, empleo formal y educación, se extendía ya por doquiera la influencia de la Narcocultura. Sin importar ubicación geográfica, estrato social, género y origen étnico, la Narcocultura conquista(ba) gustos y preferencias. Difícil de entender, y casi imposible de detener.
Tema interesante, a veces complejo, y casi siempre magnético, con ídolos visibles pero sin líderes morales; y que responde al ímpetu de una generación de jóvenes (y no tan jóvenes) mexicanos que quieren salir adelante, sobresalir, sentirse únicos y especiales. Porque a muchos de ellos no les interesa ser propiamente narcos, pero se dejan capturar por estos brazos tentadores que les prometen identidad, motivación, estatus social y tranquilidad.
A diferencia de otras generaciones, ellos no creen en la nota de la prensa, ni en los discursos del gobernante, ni en las palabras de los analistas; recurren a las letras de los narcorridos, los blogs independientes, foros electrónicos y redes sociales para tratar de descubrir el hilo negro de esta guerra que tiene sofocado al país.
Es la respuesta inconsciente de un sector de la población que nos muestra su desacuerdo con la realidad nacional, y con una sociedad mexicana excluyente demasiado evidente en algunas zonas del país: desempleo, racismo étnico y social, abandono político, migración y desintegración familiar. Tal vez, si hablar de narcocultura no implicara hablar de violencia, clandestinidad, glamour y todo un repertorio de anécdotas; esta no hubiera tenido tanta aceptación.
Da la impresión de que la Narcocultura se divide en segmentos de manera estratégica. Tiene incluso su propio santo: Jesús Malverde. Santo al que, a pesar de no ser reconocido oficialmente por la Iglesia Católica, se han construido ya varias capillas, y que está en la inspiración de los músicos, en los trabajos de los artesanos: ya es todo un culto, toda una creencia popular. Pero no solo es Jesús Malverde: hay más rituales de esta “feligresía” que sí son usados por narcotraficantes, que van desde bendecir una nueva encomienda, hasta el uso de amuletos para no tener una muerte violenta.
En el ámbito de la moda ha logrado posicionar a “Ed Hardy” y “Burberry”, como las marcas predilectas por los “Buchones”, una nueva Tribu Urbana en el Occidente y Norte de México. El origen de su nombre proviene de la leyenda de que los narcotraficantes por necesidad o estrategia de ofensiva, acampaban por un largo tiempo en la sierra de Sinaloa. La dieta que llevaban en esas temporadas hacía que subieran de peso, y con ello, el aumento de los cachetes y la papada: se les hacia el “buche”.
Totalmente antagónicos a los “Hipsters”, a los “Buchones” les interesa ser los protagonistas de la noche: con camionetas de reciente modelo llegan a los antros de moda, donde gastan cuentas de varios miles de pesos bebiendo el mejor Whisky y Champagne para festejar y poner los narcorridos a todo volumen, “porque la banda solo se escucha en vivo”. Las pláticas giran en torno a las anécdotas del mundo del narcotráfico, la celebración de operativos fallidos de las fuerzas federales, o la breve remembranza de los recién ejecutados. Su intención no es ingresar a las filas del crimen organizado (aunque algunos pecan de mentirosos), sino tener ese estilo de vida. Estilo de vida que no se pudiera haber entendido sin los “Narcorridos” que, desde que el gobierno federal intentara vetarlos, han visto incrementada su popularidad.
“¿Sabes que va a pasar? No pasa nada...” cantan Los Mayitos de Sinaloa, una canción dedicada a Joaquín “El Chapo” Guzmán, aludiendo a la impunidad o habilidad de los capos para salir avante de los Operativos Federales realizados para mermar su poder. Coincidiendo y canalizando el sentimiento de “superpoder” que cualquier joven tiene a esa edad.
“¿Cuál es el regalo valioso que trae el Chapo en la cintura?” Es el misterio que a uno lo envuelve cuando escucha “Que si soy chapito” de Jorge Santa Cruz. Incógnitas que solo las leyendas tienen.
También esta Gerardo Ortiz, el cantautor que tiene prohibido venir a México; que en su nuevo álbum maneja una nueva corriente: los “corridos progresivos”, que consisten en diferentes tonadas, con mas duración que los corridos tradicionales, y con una letra más detallada; con el objetivo de que la persona que lo escuche se sienta dentro de la historia. En en sus canciones nos habla del pacto cerrado de la “Nueva Tijuana”, de la añoranza por los viejos capos (Pablo Escobar, Amado Carrillo) y de cómo es la ascensión al poder dentro de la estructura criminal.
Y cómo no mencionar a los Tigres del Norte, una de las bandas con más cariño del público mexicano. Si bien sus canciones no hablan de violencia, suelen contar parábolas y componer versos encriptados con doble mensaje sobre cómo se maneja el negocio del narcotráfico desde la cima de las organizaciones.
Sería un cuento muy largo seguir narrando las letras de esta expresión que empezó siendo material exclusivo de los criminales, y ha pasado a ser del gusto de muchos jóvenes, especialmente en el Norte del país. Hay todo un catálogo de canciones para escoger: torturas a prisioneros, encomiendas peligrosas, custodiar al jefe, volverse rico, los nervios de un sicario antes de un ataque, las nostalgias de los capos, así como la melancolía por “aquellos tiempos” ( 80´s y 90´s). Es decir, resulta difícil no identificarse con una de estas canciones. Hasta el cantante español Enrique Bunbury hace referencia a los narcocorridos en su canción “La ciudad de las bajas pasiones”, refiriéndose a Ciudad Juárez.
La narcocultura también ha llegado a la pantalla chica y grande. Películas caseras (fácilmente localizable en la piratería) y algunas otras con un buen equipo de producción como “El Infierno” o “Rescatando al Soldado Pérez”, han tenido buena aceptación y crédito. No solo los productores mexicanos han visto el mercado potencial. El estadounidense Vince Gilligan con su serie dramática “Breaking Bad”, donde un profesor de Química torpe y mediocre, se ve orillado por la discapacidad de su hijo, un cáncer recién detectado, y la llegada imprevista de un nuevo bebé, a fabricar metanfetaminas. A lo largo de sus 4 temporadas, se hacen alusión a los Zetas, a los ritos de Jesús Malverde y a los narcocorridos, pues el personaje principal, Walter White (Bryan Cranston), tiene el suyo propio: “Negro y Azul”, de Los Cuates de Sinaloa. Hasta el momento la producción ha obtenido varios Grammys y Emmys.
Pero el gran problema de este nuevo fenómeno, es el que se deriva de su fácil conjugación con uno de los sectores más vulnerables de la sociedad: los pandilleros.
No es su mera existencia lo que afecta. Sino que se presenta en un país con muchos atrasos en materia de Prevención del Delito. La preocupante situación de los “chavos banda” en las zonas urbanas del país es la cantidad y la densidad. Si el problema (ahora) de los niños sicarios como “El Ponchis” es enorme, este podría redimensionarse de manera alarmante en los próximos años.
La mayoría de las pandillas en México no solo necesitan educación y empleo. Además están ávidas de identidad y formas externas de manifestarla. Así quedó demostrado en la ciudad de San Luis Potosí, donde se ha puesto de moda usar las famosas “pointy boots” (botas picudas): botas con picos que llegan a medir 2 metros, creadas al parecer por gente de la entidad, pero radicada en Texas. Es común y curioso observar cómo los jóvenes suben los puentes peatonales de la Av. B. Anaya de espaldas, al estar imposibilitados para hacerlo normalmente por el tamaño de las puntas de su calzado. Esto en el municipio de Soledad de Graciano Sánchez, ciudad conurbada de la capital, de más de 250,000 habitantes y conformada por 222 colonias, las cuáles conviven con 238 pandillas. Es decir, donde hay más pandillas que colonias.
Según estudios de las diferentes direcciones de Prevención del Delito, el problema de las pandillas empieza cuando dejan de probar marihuana, alcohol y tabaco para empezar a consumir drogas como “piedra”, cocaína y heroína. Sus integrantes se vuelven más violentos y ya no se reúnen solo para vagar ni realizar graffiti. En muchos casos, terminan realizando actividades para el narcotráfico. En las colonias donde residen se comienzan a registrar robos con violencia y daños patrimoniales.
Si bien San Luis Potosí es catalogada como una ciudad de “mediana” violencia, como muchas otras en el centro del país, están en un peligro latente, ya que los cárteles de la droga, podrían echar mano de las pandillas para ampliar sus actividades y llegar a los niveles de violencia que han alcanzado ciudades como Monterrey y Ciudad Juárez. La primera con 30 000 pandilleros agrupados en aproximadamente 2 000 bandas y la segunda con 80 000 pandilleros, muchos ya trabajando para los Mexicles y Los Aztecas.
Las pandillas están ajenas a la Narcocultura de los narcotraficantes sombrerudos, pero están en sintonía con la cultura del reciente “narco rap”, la del tatuaje, la de los “pochos” y la de las pandillas extranjeras como los maras y las localizadas en San Diego y El Paso. Sin duda, son los factores que ayudaron a consolidar esta espiral de violencia en las zonas urbanas del país .
Esta es la principal tarea de los gobernantes mexicanos en materia de Prevención del Delito: poner a salvo a los jóvenes del crimen organizado, sin llegar a vetarles sus formas de expresión, gustos y preferencias.
Este es el gran reto de los mexicanos: iniciar una nueva página en su Historia. Una en donde se escriba la inclusión y que borre la indiferencia y el racismo. En donde los jóvenes estén preocupados por sus tareas y su próximo partido de futbol. Y que además tengan conciencia que hay algo que se llama Narcocultura, que debe de ser vista como elemento de “folclore” y no como un proyecto de vida. Que casos como el de “El Ponchis” sean incidentes aislados y no una inercia imparable producto de la descomposición social.
Hay varios indicios de que la Narcocultura llegó para quedarse y no hay excusa para ponerla como “chivo expiatorio” (porque, digámoslo claro, no es una fábrica de sicarios). Si bien está aún lejos de formar parte de la Idiosincrasia nacional, ya es una arista más en este poliedro llamado “México”.
(Ciudad Valles, SLP, 1984), es ingeniero mecánico administrador por la UANL. Ha participado como líder de organizaciones juveniles y ha trabajado en temas de seguridad pública a nivel municipal desde 2009.


